Cada vez que juega la selección venezolana de fútbol, sin importar el torneo o al país que enfrente, los problemas del país, por muy grandes que sean, parece que desaparecieran. Como que quedan encerrados en un cuarto durante 90 minutos. Es algo, que al menos para mí, parece inexplicable.

Ese día del juego todos somos Venezuela, nadie es chavista o no, nadie se acuerda de Guaidó y su vamos bien o los usurpadores de Miraflores y sus continuas mentiras. Entramos como en un territorio desconocido que nos gusta, que disfrutamos.

Lloramos con el himno, sufrimos porque la defensa tambalea, gritamos porque no entró un remate de Josef o Salomón, criticamos a Rafael Dudamel, rezamos por la ayuda del VAR, pero al final, “sudamos la camiseta” apoyando a los nuestros.

Cuando escribía esta columna estaba cerrando la edición. Venezuela acababa de empatar con Brasil 0-0 en su segundo juego de la Copa América. Con ese resultado sumaba dos puntos y buscaría la clasificación ante Bolivia el sábado 22 de junio.

Son héroes

Yo les agradezco con todo mi corazón a esos muchachos. No me importa, lo digo muy en serio, que incluso hubiesen perdido. Estaban frente al pentacampeón del mundo y, por si fuese poco, en su casa.

No obstante, se fajaron como guerreros que son y sacaron ese empate. Ellos no escapan de la realidad venezolana. Seguramente tienen muchos familiares que viven y padecen el día a día de la nación suramericana.

Con todo y eso, se ponen una camiseta, aguantan malos tratos de la nefasta Federación Venezolana de Fútbol, que incluso les impide hablar de política, y saltan a la cancha para sudar esas mediocres indumentarias deportivas de la marca italiana Givova.

Apoyemos a esos muchachos pase lo que pase. Con esto no quiero decir que apoyemos actuaciones mediocres y nos conformemos, pues ojalá lleguemos a la etapa final de la Copa América, pero ellos están luchando, incluso, con agentes ajenos a lo meramente deportivo.

Si ya ese tipo de torneo es difícil en el terreno, imagínense con una federación

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