No era posible imaginar hasta dónde llegaría la desesperación de las familias venezolanas más golpeadas por la dictadura chavista. Tener que rogar a Trinidad y Tobago por algo de humanidad para con nuestros connacionales, sencillamente escapaba de cualquier predicción sobre el futuro que le tocaría al pueblo venezolano.

Fueron horas de angustia, cuando estos 16 niños, entre los cuales hay un bebé de 4 meses de nacido y 13 adultos, fueron enviados de vuelta a Venezuela en la pequeña embarcación en la que llegaron, para luego vía judicial sus familiares lograr que se les dejara entrar al país, ya que la mayoría venía a solucionar temas de salud que no se había podio tratar en Venezuela.

La destacada acción del comisionado de la Organización de Estados Americanos (OEA) para los migrantes y refugiados venezolanos, David Smolansky, advirtiendo los atropellos a los derechos humanos por parte de los trinitenses, alertó a toda la comunidad internacional, sin embargo, el trato cruel que recibieron los niños venezolanos ocupó hasta la portada de los principales medios de las islas.

Una periodista con asombro relataba, en inglés criollo, la condición de deterioro que presentaron los retornados venezolanos, más de 24 horas sin dormir, bajo la lluvia, con picadas de insectos, algunos niños con fiebre  y con mucha hambre, esperaban lo que dispondrá las autoridades de migración.

Para nadie es un secreto que el gobierno de la República de Trinidad y Tobago es amiga del régimen de Maduro, es una especie de corresponsabilidad de homólogos la barbarie que cometieron con estos depauperados venezolanos, la mayoría menores de edad.

Estos hechos deben quedar por siempre marcados en nuestra historia, deben darnos la fortaleza para reconstruir la nación con aplomo, pero a la vez con la profundidad de la cara de tristeza y desolación de nuestros niños balseros.

Adriana Rincón

Lorena Salas

Co-editoras

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