Los que estamos en el exilio debemos comprender que nuestro deseo por regresar jamás se materializará sin la articulación de todos los medios para lograr la libertad.

 

Por: Alejandro Benítez *

alejandrojosebenitezh@gmail.com

 

 

Fue en Roma, en el Monte Sacro, donde un joven de 22 años haría la promesa que cambiaría la historia de Venezuela y América Latina. Lejos de su país, rodeado de idealismo y nutrido con la realidad europea, Simón Bolívar hizo su juramento inquebrantable. Nuestro libertador, cuyo legado es pisoteado por los que hoy desgobiernan Venezuela, dijo ante el maestro Simón Rodríguez: “¡Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!”

 

Hoy en día, ante una Venezuela nuevamente encadenada, miles de jóvenes venezolanos nos hemos despedido de familiares y de nuestras vidas para construir un futuro incierto lejos de nuestra patria. Dejamos madres, hermanos, hijos y compañeros en la penuria de un país enfermo y con hambre, partiendo a una vida de soledad frente a lo desconocido. Al alejarnos de las fronteras huimos del martirio de la realidad venezolana, sin embargo, las cadenas parecen quedarse aferradas a nosotros. En cada esquina y a cada momento, todo nos hace recordar el lugar donde nacimos: la tierra de maravillas que nos contaron nuestros padres y abuelos, la Venezuela ilustre, la Venezuela de cultura, diversión y productividad, el país de los vastos recursos y de lo posible; esa Venezuela que nunca vivimos.  Hoy, en el exilio, encadenado en alma al país al que le debo todo, no puedo dejar de relacionar la situación de los venezolanos en el exilio con aquel juramento que haría un joven Bolívar lejos de su país.

 

Tristemente, Venezuela se ha convertido en el país de la desestabilización. La cúpula roja se ha encargado de causar temor, desesperanza, confusión, desinformación y miseria. Los que nos hemos ido, sentimos la impotencia de no poder hacer nada para que las cosas cambien, y los que se quedan, sienten el temor de quedarse atrapados en el país donde todo derecho ha sido arrebatado. Ante esto, mientras Venezuela pierde a su gente, he llegado a entender que la entrega del país no puede ser una opción. Los que estamos en el exilio debemos comprender que nuestro deseo por regresar jamás se materializará sin la articulación de todos los medios para lograr la libertad. Desde donde sea que nos encontremos, debemos entregar nuestra fe y fuerza a la organización para sacar del poder a los que han destruido por años nuestro país. A pesar de que el sentimiento de desesperanza nos consuma, aunque hayamos perdido la fe en el liderazgo político demócrata, nuestra capacidad y nuestros deseos de Libertad deben ser más firmes que la injusticia y la desfachatez de los que se intentan apoderar de Venezuela.

 

Mientras en nuestro país jóvenes han perdido sus vidas luchando, y mientras existen presos e inhabilitados políticos sin sus herramientas para enfrentar a la dictadura, los jóvenes en el exilio tenemos los medios, las ganas y la libertad para recuperar todo lo que perdimos en Venezuela. Asimismo, la oposición venezolana debe entender que su lucha dejó de ser partidista y que es necesaria la unión de todos los grupos que quieren un cambio, incluyendo a los venezolanos en el extranjero, para lograr la transición política que todos añoramos. Ya sea bajo el nombre de Frente Amplio, unidad, demócratas, o cualquier otro, la diáspora venezolana debe formar parte de la dirección para acabar con la dictadura. Mediante el apoyo a un canal humanitario, la presión internacional desde el país en el que estemos o el respaldo a todas las necesidades de nuestros hermanos luchadores, debemos estar más firmes que nunca ante el desgobierno venezolano. Como lo comenté alguna vez en un conversatorio de venezolanos en Panamá, mientras existan jóvenes que tengan la intención de volver a su país para reconstruirlo, que puedan visualizar la Venezuela de las posibilidades, nuestro país no habrá perdido la esperanza y no se habrá entregado a la voluntad del opresor. Por mi parte, tratando de emular lo que Simón Bolívar haría aquella vez fuera de Venezuela, juro que no descansaré hasta ver una Venezuela libre de la injusticia y la voluntad de los que hoy nos destruyen. Como venezolano, me convenzo a visualizar el país donde nos reencontremos con un fuerte abrazo, donde familias se unan de una vez por todas a reconstruir todos los momentos vividos en separación. Veo un país donde vuelvan las risas, en medio de sus playas, desiertos y montañas, una nación que no vea a sus hijos partir entre lágrimas y preocupaciones. Veo la mejor Venezuela, la tierra de gracia, la Venezuela de todos; la Venezuela en la que queremos vivir.

*Venezolano en Panamá, estudiante de  Economía y Finanzas en la Florida State University, 19 años.

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