
Mientras el mundo avanza hacia nuevas formas de organización alejándose de lo que fue la estructura del sistema internacional del siglo XX, Venezuela parece continuar su espiral de retroceso hacia niveles de desarrollo del siglo XIX.
Aunque no existan cifras, o las cifras estén amañadas, sabemos que los servicios básicos han colapsado. Sabemos, por ejemplo, que la educación está en su peor momento, enfrentando la deserción de maestros y alumnos por igual, y que la educación pública apenas cubre dos días de clase a la semana; que el sistema hospitalario requiere de cuantiosas inversiones, que urge un programa de erradicación para enfermedades que han reaparecido, que no hay médicos.
Lo mismo atañe a los distintos sistemas de comunicaciones, de electricidad, o de agua. Todo desatendido por 27 años, y los fondos destinados a ello, muchas veces en alguna cuenta en cualquier paraíso fiscal.
Partimos entonces del método empírico, y, si bien los que viven en Venezuela lo constatan a diario porque no hay mejor termómetro que la experiencia personal, también quienes viven afuera lo puede constatar de primera mano. En este sentido, regreso a la apreciación de un funcionario venezolano que trabajaba en un organismo internacional, y por ende viajaba mucho a distintos países del Sur Global. Me decía con frecuencia que cuando regresaba a cualquier país, invariablemente veía avances significativos: un aeropuerto más moderno, una nueva política portuaria apoyada en tecnologías, un grupo de funcionarios cada vez mejor formados, en fin, veía progreso.
Acotaba al final de su explicación, que todos progresaban, y que para su enorme frustración, cuando iba a Venezuela, lo que veía era retroceso. No atraso, porque con frecuencia uno puede ver atraso en un país, pero verlo progresar. Basada en esa experiencia empírica, fui testigo directo de ello en Centroamérica hace décadas cuando trabajaba en políticas comerciales.
En misión por varios países, referían su orgullo por los avances en el sistema de telecomunicaciones y cómo redundaba en un mejor servicio de Internet y con ello una mejor transmisión de datos. No era ni remotamente comparable a cualquier servicio de telecomunicaciones europeo, pero era muy superior al que había conocido en una misión anterior. Había, en mi experiencia vivida, evidencia de ese progreso.
No en Venezuela. Mientras en países como Suiza hablan del uso del ARN para el tratamiento inmunitario que nos acerca a una vacuna contra el cáncer con perspectivas de la erradicación de muchas formas de esta grave enfermedad en los próximos diez años, o mientras la OECD plantea como una de las prioridades de sus países miembros el manejo de una longevidad saludable y activa, en Venezuela, cuando salgamos de la tiranía, tendremos que atender la enorme desnutrición de los niños y los retrasos cognitivos, y en general del desarrollo saludable de sus vidas como consecuencias del hambre que han pasado, de la falta de atención médica, y de la falta de acceso a una educación de calidad.
Y no nos excusemos en que Venezuela no es Suiza, porque por ejemplo, en Taiwán trabajan para profundizar la democracia y combatir la polarización con inteligencia artificial, y en Emiratos Árabes o Guatemala promueven ministerios de IA para la innovación y desarrollo económicos, mientras que en Venezuela se utiliza la tecnología como mecanismo de control, represión y persecución. Es cuestión de prioridades: la democracia, la gente, o la cúpula enquistada en el poder.
Y así, podemos seguir en cualquier sector que es relevante para la agenda del futuro XXI de Venezuela, y en cualquier espacio de las relaciones internacionales, incluyendo los organismos multilaterales. En la ONU, sus Estados miembros tratan de abordar el tema global del manejo de los desechos plásticos como una responsabilidad colectiva con el planeta y con nuestro propio futuro, en Venezuela continúa la depredación del medio ambiente en el Arco Minero del Orinoco, pero también en la tala discriminada, o la basura acumulada. Y ni qué decir de la fuga de gas en los pozos de Monagas, que alcanzan 6% de la contaminación mundial, según cifras manejadas por la UE.
Esa brecha entre el progreso de otros países y el retroceso nuestro no ha hecho más que agrandarse, y por lo tanto, termina siendo exponencial.
Por eso, urge detener este espiral de deterioro y destrucción, e iniciar, de una vez por todas, la transición encabezada por nuestro presidente electo, Edmundo González Urrutia.
Para eso, todos somos necesarios. Juntos –quienes tienen la experiencia y quienes aún la construyen– tenemos lo que se requiere para emprender la recuperación del país. Las condiciones están dadas. Lo hemos demostrado en las calles, en las protestas, en el sacrificio de nuestros muertos, de nuestros presos, de los que aún resisten dentro de Venezuela, de nuestros migrantes; y en la clandestinidad de nuestra líder María Corina Machado. También lo demostramos en las urnas electorales.
Que la historia que encierra la cita que precede este artículo no se repita, y que no tengamos que esperar hasta el 35 o hasta la muerte del tirano, para ingresar al siglo XXI.
Depende de nosotros, y de nadie más.






























