Vianet García agradece el apoyo que ha recibido en Panamá para superar sus problemas.

Los distintos asaltos y la desnutrición en la que estaban viviendo fueron las principales razones para mudarse a Panamá

Mariana Suarez Sarcos / Adriana Rincón

La situación de Venezuela ha llegado a tal punto, que hasta la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), instó recientemente a los países susceptibles de recibir venezolanos, así como a aquellos que ya los acogen, que permitan el acceso de éstos a sus territorios y les otorguen la protección debida.

En el caso de Panamá desde el 2008 ha venido registrando intensa migración de venezolanos, hasta llegar a la cifra actual de aproximadamente 98 mil con trámites migratorios y cada día sumando los 25 mil que el presidente Varela anunció conjuntamente con el decreto de Visa Estampada, se les otorgaría estatus migratorio a través del proceso de regularización.

Los que recientemente han podido llegar a Panamá, nos refieren sus experiencias de cómo con trabajo sostenido y honrado han podido superar sus problemas, escaparon del fantasma de la delincuencia y el hambre,  se encuentran agradecidos con el Istmo, y el sueño principal de todos es ayudar a los que dejaron en Venezuela.

Vianet García “Mis hijos y yo llegamos a Panamá desnutridos”

La talentosa violinista Vianet García tiene poco más de 9 meses de haber llegado a Panamá. La decisión la tomó después de haber quedado viuda con dos hijos y no conseguir ninguna salida en Venezuela para vivir junto a ellos.

Después de 9 años de casados, su esposo Rafael Rojas falleció de cáncer en los huesos y  21 días después de la operación perdió la vida.

“Se hizo la resonancia y ya estaba postrado en cama, el médico me dijo tu esposo se va a morir. Tenía metástasis grado 4, estaba minado de tumores en la columna vertebral“, cuenta Vianet García.

Durante los 3 años que vivió en Venezuela como viuda, logró trabajar dando clases de música particular y formó parte de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas, gracias a la experiencia que obtuvo durante los 10 años que integró la Orquesta Sinfónica de Venezuela. Pero en este tiempo, vivió alquilada en habitaciones y las necesidades se hicieron más críticas.

“Un día a la salida del colegio de los niños se acercaron unos motorizados con pistola en mano y me atracaron frente a los niños, quede atrapada entre los enfrentamientos de la resistencia y militares. Dos noches me acosté sin tener que darle de cenar a mis hijos. Tenían hambre y no tenía que darle, estábamos desnutridos“, dijo.

Los distintos asaltos y la desnutrición en la que estaban viviendo fueron las principales razones para mudarse a Panamá donde tenía a su hermana Ruth García y a su cuñado panameño Pedro Grant, quienes la apoyaron desde un principio para seguir adelante.

Actualmente se encuentra en trámites de legalizar su situación, ya que, está logrando matricularse en la Universidad de Bellas Artes para terminar su carrera como ejecución del violín. Agradece a colegas como Víctor Mata y Susana Salas, quienes les han dado oportunidades de trabajo para que hoy de clases de piano, violín y lectura musical, además pertenece a la Fundación Funsíncope donde forman músicos para el istmo.

Gracias a este apoyo, hace más de un mes logró mudarse después de tres años sin hogar a una casa alquilada para ella y sus dos hijos.

“La cara de mis hijos cuando entraron a la casa y vieron sus cuartos por primera vez fueron un poema. Estuve meses ahorrando para poder mudarme, aunque aun no tengo muebles”, concluyó.

 

Guerreando con mafá, agua y platanitos

María Elena Ruiz y su hijo David, venden productos en las esquinas de Panamá, para garantizar su sustento y el de varios familiares en Venezuela.

A diario María Elena Ruiz, de Cúa Estado Miranda, repite “mafá, agua, platanitos” en una esquina aledaña a la calle 50 de la ciudad de Panamá, a veces su hijo menor de edad la acompaña, lo pudo traer al Istmo hace un año, él aun no se ha inscrito en el colegio ya que espera documentos desde Venezuela, “espectacular, yo estoy muy agradecida con Panamá y la receptividad que me ha dado” dice en primer lugar María Elena.

A dos años y seis meses de vivir en Panamá, María ya tiene su residencia gracias a la regularización migratoria, eso le ha abierto las puertas para alquilar casa, “tan solo con llegar en las noches, tener luz, abrir la ducha y encontrar agua, vale la pena cualquier esfuerzo que he hecho”, aseguró además que ha podido reunir en Panamá a su familia, sus otros dos hijos mayores, yerno, nietos y hasta una hermana,  “todos trabajamos incansablemente, pero nos da felicidad ver que el fruto de nuestro esfuerzo tiene su recompensa”.

Cincuenta dólares al mes, envía María Elena a Venezuela,  con eso ayuda a sobrevivir a tres sobrinas y a su papá, ella manifiesta que se debe romper el paradigma de que todo venezolano trae dinero, ella particularmente sólo trajo los quinientos dólares para entrar, producto de la venta de un carro viejo que tenía, y se vino a “guerrear”, sinónimo de trabajar duro en el argot venezolano.

María Elena dice que mantiene intactos sus valores, es Testigo de Jehová, para ella la honestidad y el agradecimiento han sido la clave para tener éxito en su experiencia migratoria.

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