Foto: EFE.

El peso descomunal que están poniendo en las espaldas de nuestra Fuerza Armada Nacional puede quebrar su historia y dejarles daños irreparables a su imagen. Más allá de las caras de aparentes despreocupados de sus actuales comandantes, está subyacente la pena de saberse relacionados con hechos muy vergonzosos que empañan la hoja de vida de soldados y oficiales. Y tiene que ser así, porque de otra manera sería como existir extraviado de la realidad en la que se mueven, aunque a veces tengan que hacer ejercicios de funambulismo.

Al propio general Padrino López se le tienen que mover las fibras de su rostro empotrado en esa seriedad embalsamada con que suele escuchar a los prosistas del chavismo, justificando lo que no da lugar a argumentos verosímiles a la hora de sacar las cuentas, después de 18 años de gobierno, controlando hasta el aire que respiramos los venezolanos, manejando una colosal fortuna, dilapidada y robada a sacos y violando los más elementales derechos humanos. Deben saber nuestros oficiales que no puede ser ilimitada esa ambigüedad calculada ante hechos comprobados que vinculan a la Fuerza Armada con masacres como las ocurridas recientemente en Cariaco y Barlovento; expedientes de narcotráfico que revelan cómo se usan instalaciones militares para operaciones con drogas y reparto de coimas traficando comida podrida o comprándola con sobrefacturaciones a costa del hambre del pueblo. Esos rumores corren como huracanes en los cuarteles, donde se sabe todo lo que aconteció con las tajadas de dólares cadivieros, las negociaciones fraudulentas en Pdvsa o la oferta engañosa de carros baratos.

Ya resulta imposible sacar de los “callejones y desfiles en correcta formación” la vergüenza de ser conexos con tantos actos irregulares. Son inocuos los discursos alambicados y las arengas cargadas de metáforas pronunciadas desde las tribunas engorradas de Los Próceres. El infortunio le quita brillo a las insignias y la tribulación soslaya la bravura de la gran familia castrense en cuyo ámbito retumba el dicho de Cicerón: “La fortaleza, virtud o temple de ánimo vence el temor y modera la audacia”. Ninguna institución escapa de estas malandanzas, ni la Iglesia católica, cuyo Papa ha tenido que sacar a rapapolvos de los templos a quienes han usado indebidamente sus hábitos. Venezuela requerirá de sus Fuerzas Armadas para apuntalar una etapa de transición que surja de una necesaria consulta electoral. El daño moral es evidente, y repararlo es tarea muy exigente para todos, incluidos los soldados patriotas. Pienso que esa avería es más profunda que la económica, que, al igual que la infraestructura deteriorada, puede ser relanzada mientras rehacemos los valores y virtudes marchitas.

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