POR: Gabriela Esquivada (INFOBAE)

Las horas previas habían transcurrido a puro escepticismo: luego del caótico primer debate presidencial el 29 de septiembre, lo principal era moderar el entusiasmo sobre el segundo. Aquel encuentro —o desencuentro— entre el actual mandatario de los Estados UnidosDonald Trump, y su contendiente, el ex vicepresidente Joe Biden, había sido declarado un empate penoso: ambos habían perdido, según los principales medios estadounidenses, de todo el arco ideológico, y las redes sociales. La decisión de silenciar los micrófonos, medida extrema para evitar interrupciones, no auguraba un diálogo más armónico.

Sin embargo, y contra esos pronósticos, el último debate de la campaña 2020 fue celebrado como el mejor, con un nivel similar de imagen positiva del republicano y el demócrata, que lucieron mejor preparados e informados. “Un debate que se pudo entender”, tituló Politico. “En un debate más tranquilo, Biden y Trump ofrecen perspectivas sumamente divergentes del país”, expresó The New York Times. “En el segundo intento, un verdadero debate de Trump y Biden”, dijo The Wall Street Journal (WSJ). “Trump y Biden se abstienen de interrumpirse mutuamente”, subrayó Fox News; y “No fue un punto de inflexión, pero sí un mejor debate para todos”, el conservador National Review.

Hubo, desde luego, golpes debajo del cinturón. Está en juego la Casa Blanca.

“El presidente atacó a Biden de manera muy agresiva sobre los negocios de [su hijo] Hunter Biden en el extranjero, que el candidato demócrata descartó como propaganda rusa”, analizó WSJ. “También Biden se agitó a veces, sobre todo cuando criticó la política de Trump sobre la separación de las familias en la frontera entre los Estados Unidos y México, y describió tal conducta del Gobierno como ‘criminal’”.

Pero hasta Fox News concedió: “A pesar de la ferocidad de los intercambios, la mayoría de los golpes directos a la mandíbula se dieron respetuosamente, al menos en comparación con el primer debate, cuando Trump recibió malas críticas por sus constantes interrupciones. Es un cliché decir que el debate fue un empate, pero fue una gran mejora con respecto a la cacofonía de Cleveland”.

Esta vez el intercambio de ideas, o la exhibición de puntos de vista, de los candidatos se realizó en Nashville, Tennessee, en la Universidad de Belmont y con Kirsten Welker, de la NBC, como moderadora.

La primera periodista afroamericana que moderó un intercambio de este nivel en 28 años recibió más elogios aun que los candidatos: “Un trabajo estelar”, tuiteó el corresponsal de CNN en Washington, Jake Tapper. “Gracias a ti el pueblo estadounidense ganó tras este debate”, agregó Weijia Jiang, destacada por CBS en la Casa Blanca. Y hasta Trump, que ya la había criticado bastante con anticipación, la celebró: “Siento mucho respeto por el modo en que está llevando esto adelante, debo decir”.

Parte de esa gestión consistió en hacer que el primer mandatario se atuviera a los criterios de no interrumpir. “Presidente, eso fueron treinta segundos, gracias”. “Demos una posibilidad al vicepresidente Joe Biden”. “Pasemos a la sección siguiente”: con frases como esas Welker trató de señalarle al republicano que le tocaba callar. A veces lo logró, pero otras, Trump repitió: “Perdone, perdone”, y siguió hablando. “Bien, bien. ¡Ya, bien! Vicepresidente Biden, su respuesta”, debió intervenir, reiteradamente, Welker.

A pesar de eso, en general durante los noventa minutos del encuentro los candidatos discutieron de manera consecutiva, y no superpuesta, sobre la crisis del COVID-19, la economía, las relaciones con China, la seguridad nacional, la inmigración y el racismo, principalmente. Ayudaron los dos minutos iniciales con el micrófono del otro silenciado, pero en general los dos políticos parecen haber escuchado las manifestaciones de tedio de la ciudadanía y en lugar de interrumpirse recurrieron a revoleos de ojos, sonrisas de suficiencia y gesticulaciones para expresar algo mientras hablaba el otro.

Con respecto al impacto que este debate final tuvo en el público, probablemente fue menor de lo que las campañas podrían desear a menos de dos semanas del voto popular. “Me sorprendería si el debate de esta noche cambiara el punto de vista de tres personas”, ironizó Robert Reich en Twitter. “Tal vez Trump tuvo una ligera ventaja, pero no lo suficiente como para alterar la química de la campaña”, coincidió, desde el otro rincón del cuadrilátero, el comentarista de Fox Howard Kurtz.

Muchas encuestas instantáneas de los canales de televisión locales establecieron lo mismo a partir de las respuestas de sus televidentes. Basta una como ejemplo de las demás, ya que son similares: el canal 12 de Providence, Rhode Island, encontró que el 86% de los encuestados no cambió su intención de voto por lo que escuchó durante este último debate presidencial.

Eso parece ser menos culpa del encuentro en sí que de la dinámica política actual, sobre todo la polarización, analizó el politólogo Gibbs Knotts en el canal 5 de Charleston, Carolina del Sur: “Creo que los debates son menos importantes porque mucha gente ya ha tomado su decisión. Muchos millones de estadounidenses ya votaron“, recordó. En efecto, ya se emitieron 47 millones de voto adelantados, más que el total de los anticipados durante las elecciones de 2016.

“Prácticamente nada que Trump haga lograría que un republicano no lo apoye“, siguió Knotts. “Del mismo modo, un demócrata va a estar seguro de Biden”. Pero dado que hay un enorme margen de gente que no sabe si va a votar —en los Estados Unidos las elecciones son optativas— los debates se siguen viendo como un esfuerzo que vale la pena para las campañas.

 

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