Foto: AFP/Archivo.

Guillermo “Willy” Cochez, abogado, político y ex embajador de Panamá en la Organización de Estados Americanos, dedicó su más reciente artículo publicado en La Estrella de Panamá este martes, a la situación actual de Venezuela y la actuación de la OEA frente a esta.

Siento pena por Venezuela

Con el golpe de Estado del Tribunal Supremo de Justicia, al quitarle todas sus funciones a los diputados, el otrora el país más rico del continente, con una de las reservas petroleras más grandes del mundo, se termina de convertir en una dictadura propia de países africano al nivel de Somalia. El peor en transparencia; con el sistema de justicia más torcido, cada día que pasa se apaga; sus ciudadanos pierden la fe y la esperanza de un mejor mañana. Es una Nación donde por la extendida corrupción y avaricia de sus gobernantes civiles y militares, sin razón, hoy padece una gran hambruna, a niveles tan bajos como en Haití y carece de lo más básico en materia de medicamentos y de servicios médicos. Donde la población, sobre todo la más educada, emigra ante la inexistencia de oportunidades y el exceso de violencia, en muchos casos aupada por las mismas autoridades.

No es una exageración concluir que Venezuela es un país fallido, camino hacia una anarquía donde la muerte acabará con más de los que hoy fallecen por falta de alimentos o medicinas o como consecuencia de la violencia que se ha apoderado del país. En algún momento, por la grave situación social y económica en que se vive allí, podrá producirse una gran explosión que muchos lamentarán.

Afortunadamente hemos tenido al frente de la Organización de Estados Americanos a alguien como Luis Almagro, excanciller del Uruguay. Admito que dudaba que podría ser diferente al indolente de José Miguel Insulza, su predecesor como secretario general. Su proveniencia de un Gobierno izquierdista y la foto que recorrió el mundo de él al lado de la supuesta tumba de Hugo Chávez, me hizo dudar de su compromiso democrático. Quizá por esos gestos fue que Nicolás Maduro lo apoyó con tanto entusiasmo en el momento de su elección y, será por eso, que hoy lo insulta con tanta voracidad, al ver su independencia y arraigo democrático frente a la grave crisis que vive Venezuela.

Convencer a los países miembros de la OEA de que actúen enérgicamente frente a la crisis del país andino no ha sido fácil. Se ha avanzado mucho, tal como se pudo palpar con el resultado de las sesiones del Consejo Permanente del 27 y 28 de marzo, donde fueron 20 (de 34) los países miembros que apoyan la decisión de exigir la liberación de los presos políticos, la rápida celebración de elecciones y el respeto a las decisiones de la Asamblea Nacional.

Fue necesario que Brasil y Argentina fueran dirigidos por quienes no le debieran favores al régimen chavista, suerte que se espera para el Ecuador luego de la elección del 2 de abril. Fue necesario que países como México, usualmente actores neutrales frente a los problemas del continente, asumiera el liderazgo que le corresponde. Será necesario, de hoy en adelante, convencer a algunas de las islas del Caribe que a la región no le conviene tener a un vecino tan problemático y disociador como el actual régimen venezolano. Algunos, como Nicaragua, Bolivia y Ecuador, seguirán impidiendo una salida democrática en Venezuela, pensando que ellos podrían ser los próximos en ser escrutados por sus incipientes dictaduras.

Si bien siento pena por Venezuela por la tragedia que vive, más vergüenza me da cómo los demás hermanos suyos en este subcontinente hemos dejado a los vales a su suerte. Y lo hicimos por egoísmo; para falta de solidaridad. Algunos como Panamá y Brasil por negocios; otros como Nicaragua, Bolivia, Ecuador y en su momento Argentina, por esa perversa ansia de una izquierda tan corrupta de mantenerse en el poder a pesar del sufrimiento del pueblo. De unos países pobres del Caribe que a punta de prebendas petroleras el régimen chavista los puso de su lado.

Tengo fe en que pronto mis compatriotas latinoamericanos de Venezuela verán la luz, sobre todo al quitársele la última careta que les quedaba: aniquilar el poder soberado de una Asamblea Nacional mayoritariamente electa por el pueblo.

Espero que países como Panamá, vayan mucho más allá de inútiles llamados al diálogo que el presidente Varela continúa haciendo, y obliguen al régimen dictatorial, mediante el aislamiento diplomático, a aceptar que lo único viable es su inmediata salida del poder.

Lea más artículos de Guillermo Cochez en La Estrella de Panamá.

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