Por: Alberto Jabiles Schwartz
ajabiles@gmail.com

Corría el año de 1938 y Adolfo Hitler, Fuhrer de la Alemania Nazi, en nada se preocupaba por ocultar sus ambiciones imperiales de formar un Reich por los siguientes 1000 años a expensas de sus vecinos europeos, meta explícitamente escrita en su libro “Mi Lucha”.

Fue justamente durante este decisivo año que las ambiciones desmedidas de poder de Hitler pudieron ser desbaratadas de haber asumido las potencias occidentales una actitud firme en contra de sus planes. A principios de ese año se anexó Austria y no está registrada la protesta de ningún país ante este hecho. Con este antecedente de complacencia occidental, Hitler procedió a demandar la anexión al Reich de los Sudetes Checoslovacos, bajo el argumento que buscaba así defender los intereses de la población alemana residente en esta región. Con el fin de evitar una guerra, el Reino Unido y Francia, a instancias de Italia, firmaron con Alemania el “Tratado de Munich”, que sacrificó a Checoslovaquia en aras de la “paz mundial”. Sucumbieron y se acobardaron los firmantes a pesar que Hitler aun no era lo suficientemente fuerte desde el punto de vista militar como para enfrentarse a las democracias occidentales. Todavía está presente en la memoria de la historia humana la fotografía del Primer Ministro Británico Chamberlain llegando a Londres y exhibiendo un papel con la rúbrica de Hitler garantizando “paz para nuestra época”. Cuan equivocados estaban el mundo y Chamberlain al confiar en la palabra del autor de las Leyes Raciales de Núremberg en 1935, aquel mismo que aplicó la eutanasia a 300,000 discapacitados alemanes y no dudó en bombardear a los civiles españoles en 1937.

Las consecuencias de esta sumisión ante el tirano alemán son del todo conocidas: el 1 de septiembre de 1939 Alemania invadió Polonia y desencadenó así la Segunda Guerra Mundial, conflagración que al cabo de seis años arrojó más de 60 millones de muertos y un incalculable número de heridos, sumado esto a la destrucción de ciudades y campos en los países cuyos territorios, mares y aires fueron escenarios de la contienda.

Era de suponerse que, 80 años después de la vergüenza de Múnich, los líderes contemporáneos de los países implicados hubieran aprendido la lección. Pero lamentamos que no sea así. Hoy el mundo libre debe enfrentar nuevas amenazas representadas por países que promueven el terrorismo internacional y que en paralelo buscan proveerse de armas nucleares, como es el caso de la República Islámica de Irán. Y estos mismos países, en vez de asumir su responsabilidad, miran indiferentes hacia un costado.

El programa nuclear iraní data de la época en que el país era gobernado por la dinastía Palhevi. Sin embargo, su aplicación con fines bélicos, llamado “Proyecto Amad” y puesto en ejecución por el régimen teocrático de los Ayatolas, encendieron alarmas en el mundo musulmán suní y en occidente, implementándose una serie de sanciones encaminadas a forzar a Irán para que cese en sus planes de obtener una bomba nuclear con la cual iban a poder amenazar a sus vecinos.

Para comprender mejor el problema, debemos despojarnos de nuestra visión occidental y adentrarnos en la visión islámica fundamentalista, donde el engaño está permitido a fin de lograr obtener los medios. La Taqiyyah, o sea “disimulo o engaño”, aprendida de Mahoma quien en el año 628 rompió una tregua con los Quraish diciendo: “si hago un juramento y luego encuentro algo mejor, uso lo más favorable y quiebro el juramento”. Así de sencillo. Cabe señalar que todos los actos de Mahoma son considerados “ejemplares” por los musulmanes. Por eso no debemos jamás tratar de entender al islam radical desde una visión occidental, menos aun, en el enfrentamiento entre el Irán chií y los países suníes del Medio Oriente, mismo que data de hace 1300 por la disputa en torno a la sucesión de Mahoma, quien al morir no había dejado establecido el mecanismo para designar a su heredero.

Habiendo aclarado el punto, llegamos al año 2009. Llegada de Barack Obama a la Casa Blanca y un vuelco de timón que su nuevo inquilino impone al diálogo con el Islam radical, en el cual estaba incluido el tema nuclear iraní. Luego de 21 meses de negociaciones se suscribe el acuerdo 5 + 1, entre Irán y los países con asiento fijo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas más Alemania, un acuerdo desde el génesis condenado por Arabia Saudita, los demás regímenes sunitas de la región e Israel, cuyo Primer Ministro, Benjamín Netanyahu, fue incluso invitado por la entonces oposición Republicana al Capitolio para expresar su desacuerdo.

El acuerdo se firmó a pesar de las protestas de los aliados de Washington en el Medio Oriente. El Tratado limitaba la veda de investigación a solo 15 años, Irán debía ser informado 24 días antes que sus instalaciones fuesen supervisadas, no limitaba en nada el desarrollo de misiles vitales para transportar ojivas nucleares, no incluyó a todos los centros de investigación, no permitía el acceso de los inspectores a bases militares, permitió el flujo a irán de $ 100,000,000,000 congelados en el exterior, permitió a Irán reiniciar sus exportaciones de petróleo, no obligó a Irán a controlar su conducta de apoyo al terrorismo internacional y, entre otros muchos detalles, no obligo a Irán a dejar de maldecir a EEUU ni a proclamar que su objetivo era la destrucción de Israel.

Con la llegada de la nueva administración, con Donald Trump a la cabeza, la política estadounidense con respecto a Teherán cambió de la complacencia a afrontar el problema creado por su predecesor. Trump anunció sus reservas a determinados puntos del citado acuerdo y exigió su modificación para evitar la salida de Estados Unidos del mismo. Francia, el Reino Unido y Alemania no se sumaron a la protesta.

En enero de 2017 agentes del Mossad, agencia de espionaje israelí, se apoderaron de 110,000 documentos secretos que fueron sacados de un almacén usado como camuflaje en el distrito de Shorabad, en el sur de Teherán. Una vez traducidos, fueron puestos a disposición de los servicios de inteligencia aliados y en una aparición frente a las cámaras el Sr. Netanyahu dijo enfáticamente, con pruebas en mano, “IRAN HA MENTIDO”. Quedó al descubierto la capacidad nuclear iraní que en nada mermó desde la firma de los tratados del año 2015.

La tarde del 8 de mayo de 2018, Donald Trump, cumpliendo su promesa de campaña y en base a sus previas advertencias, dio por terminada las obligaciones asumidas por su país y anuncio no solo el retiro de Estados Unidos del Tratado de 2015 si no también el reinicio de las sanciones en contra del régimen de Teherán. Existen vínculos comprobados entre Teherán y los grupos terroristas que emprenden acciones suicidas contra objetivos occidentales. Los arsenales iraníes están a disposición de extremistas musulmanes y otros. Irán es responsable del asesinato de ciudadanos estadounidenses. Una forma de combatir al terror es cortar la captación de dinero por parte de regímenes terroristas que, como Irán, se amparan en la diplomacia y argucias para sobrevivir. El mundo ya no es el mismo que en 1938 y deben saberlo muy bien los gobiernos cómplices de París, Berlín y Londres. Debe saber muy bien que el terrorismo también es una amenaza para ellos y que si hoy no actúa con firmeza en contra de Irán mañana va a ser muy tarde para lamentarlo.

Sigue dando tumbos Europa, la que actúa en términos “políticamente correctos” y esconde su cabeza en la arena cual avestruz que rehúye al peligro a pesar que lo tiene en frente. Total, se quedarán esperando a que de nuevo Estados Unidos vaya a liberarlos tal y como sucedió en 1917 y 1944. De seguro ya estarán acostumbrados a que otros países peleen sus guerras, las ganen y al culminar el conflicto darse con la dura realidad que Europa hoy esta gobernada por líderes cobardes que no tienen las agallas de enfrentar con determinación sus obligaciones, convirtiéndose en simples peones en el ajedrez internacional, cuando el peso de su historia les obliga a ser una pieza con mayor valor.

Una vez dijo el ex Primer ministro israelí Menajem Beguin: “si tu enemigo dice que te va a destruir: créele”. A finales de la década de los años 70 del siglo pasado, Sadam Hussein, entonces presidente de Iraq, anunció la construcción de una central nuclear que iba a ser usada contra Israel. Beguin oyó al dictador iraquí y ordenó a la Fuerza Aérea de Israel destruir su reactor nuclear en 1981. En aquel entonces el mundo condenó a Israel. Sin embargo, cuando Hussein invadió Kuwait en 1990 y occidente formó una coalición para liberar al emirato, ese mismo mundo que condenó a Israel respiró aliviado porque se enfrentaba a un tirano que, de no haber sido por la acción israelí de 1981, hubiese tenido armas nucleares para repeler a los ejércitos liberadores.

¿Y sabe qué estimado lector? Cuando los principales líderes iraníes dicen “muerte a Estados Unidos” les creo. El Sr. Trump también les cree. No se quedó de brazos cruzados. Actuó oyendo detenidamente los tambores de guerra provenientes de Teherán. Pudiera ser que el Sr. Trump no es el más simpáticos de los presidentes que hayamos visto, pero tiene agallas y determinación, virtudes que adolecen sus contrapartes al otro lado del Atlántico que ven como los Ayatolas reprimen a sus gobernados, encarcelan a sus disidentes, cuelgan a los gays, prohíben el pluralismo y humillan a las mujeres. Si esto son capaces de hacer con los suyos, que cosas peores les irán a hacer a sus vecinos?

Definitivamente, el presidente Trump aprendió la lección de 1938.

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