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Sabia es, sin duda, la naturaleza. Precede al hombre por milenios y sus reglas inmutables seguirán vigentes luego de que esos milenios fosilicen todo rastro endeble de la humanidad. Confrontarse con sus reglas es muy distinto que adecuarse a ellas; y la humanidad así lo ha aprendido a fuerza, a veces, del dolor y del calvario colectivo. Uno de esos mandamientos, precisado con certeza por el sabio griego Heráclito, es que todo cambia, menos la propia Ley del Cambio, acuñada sabiamente por la Providencia y por sus reglas inmutables.

Así, en una lección que es muy sencilla de aprender, recorremos todo el ciclo de transmutación que va de la semilla hasta la planta y de la planta hasta su fruto. El fruto mismo debe necesariamente estar sujeto a un proceso riguroso de maduración. Y aunque el árbol no llama por su nombre a la liberación de gas etílico que se gesta dentro de ese fruto, sabe por naturaleza que debe desprenderse, sacudirse y alejarse de lo que ha creado, para no caer también en una especie de necrosis vegetal que terminaría por desechar y reciclar toda la planta.

Algunos dictadores pretenden aferrarse así al poder, con una tenacidad inusitada, como si fueran perros que contraen desesperadamente su colmillo sobre un hueso. Pero el fruto que es maduro cae al fin. Nada frena esa caída propiciada por la propia podredumbre, más que el implacable y frío suelo. Y allí, podrido y olvidado, se convierte en el festín y en el deleite de todo insecto carroñero.

Así, como ese fruto desechado, terminan siempre los tiranos. Desde Calígula, que nombró Cónsul a Incitatus, su caballo, hasta la depravación de Mussolini con su amante Claretta, quien murió en fidelidad a su lado, ajusticiados ambos por su pueblo; desde dictadores criollos y pequeños que pretendieron declarar la guerra a una potencia a punta machete romo, hasta uno más reciente de un país hermano que enfermizamente le habla a un supuesto pajarito, que no es más que su conciencia sucia y afanosamente empantanada. Todos caen indefectiblemente, como el fruto aquel maduro al que llegó su tiempo al fin.

Por Arnulfo Arias O.
Abogado panameño en ejercicio