Toda familia tiene sus historias. Compartirlas nos permite conocernos mejor, entender las relaciones y abonar las raíces. Estos últimos días mis padres han estado de visita en casa y en las sobremesa han surgido esos cuentos muy latinoamericanos donde abundan amores, migraciones, fantasmas y fortunas en una mezcla a ratos contradictoria. No me canso de escucharlos porque a medida de que pasan los años se hacen más rocambolescos.

En una de las cenas me enteré del origen de mi nombre. Según la historia que por décadas he contado a curiosos y periodistas, Eli (que en arameo quiere decir “Dios mío”) lo heredé de mi padre, quien a su vez fue nombrado así por sugerencia de una tía abuela muy beata. Siendo mi padre el séptimo de 8 hermanos, continuaba mi historia, la creatividad y los compromisos familiares se habían agotado así que decidieron complacer a la tía abuela. De esta forma, decía yo, Eli José quedó estampado en su partida de nacimiento y muchos años después en la mía.

Pero ahora me enteré de que esa tía jamás existió y el nombre de Eli viene de un tío abuelo asesinado por un militar en Puerto Cabello. ¿De dónde saqué yo mi historia? Juraría que alguna vez me la contaron, pero si la inventé, la realidad es mucho más interesante.

Resulta ser que mi abuela materna tenía un hermano mayor llamado Hely Tomás Conde. Una mañana al salir de una farmacia le esperaba un tal Quintero quien sin mediar palabras le plantó dos plomos en el cuerpo y se marchó dejando una viuda con un niño de año y medio. La versión que corrió en el pueblo es que Quintero sospechaba que Hely tenía un romance con su esposa. Por ser militar pasó menos de un mes en prisión y jamás fue sentenciado por homicidio. En Venezuela esto pasa con frecuencia: los militares gozan de impunidad y son muy valientes cuando se trata de golpear estudiantes y mujeres. Pero esa es otra historia.

Su hermana, mi abuela Hortensia, vivió siempre con el dolor de la pérdida y a manera de tributo presentó a mi padre ante el Registro Civil como Hely. El secretario le dijo que ese nombre no existía y que lo correcto era Eli, como quedó en el acta. Pero años después en el colegio una maestra le dijo a mi padre que debía escribir Hely y a partir de ese momento todos sus documentos académicos, incluyendo su título de geólogo, llevaron ese nombre. De esta forma él era Eli en sus documentos de identidad y Hely en su vida profesional.

Esta parte final de la historia la conocía, pero lo que no sabía era que su intención original al presentarme ante el Registro Civil en Caracas era llamarme Hely. Pero en el trámite se descuidó y el escribiente tomó el nombre que aparecía en su cédula de identidad. Como el acta ya estaba escrita optó por no rehacerla y quedé como Eli José Bravo. Padre e hijo con el mismo nombre.

Hace una semana conocí en una boda a una sueca con aspecto de reina de las nieves llamada Hely; y en una oportunidad conocí a un guardaparques llamado Helly Bravo quien sorprendido me mostró sus documentos de identidad. Y no han faltado las ocasiones en que al responder mis emails alguien coloque “estimada Eli” pensando que es el diminutivo de Elizabeth.

 

Seguramente algún constelador familiar podrá sacar sus conclusiones de este pequeño entuerto. Para mí, ha sido una oportunidad de comprobar la importancia de sentarse a la mesa a compartir las historias de familia. Es como bañarse en el río de la vida que nos trae y nos lleva.

De acá para abajo, al menos este caso, no hay más Eli. Pero mi hija mayor, Isabel, tendrá su historia que contar: mi esposa soñó con ese nombre en un retiro de meditación cuando tenía un mes de embarazo. Y mi mamá se llama Marisabel.

Pequeños manantiales que van sumando sus aguas.

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