Qué hermoso hubiera sido haber reciibido a nuestra vinotinto con la alegría de un país en libertad. Sin embargo, las circunstancias no pudieron con el amor del venezolano hacia lo que tanto necesitamos…. Gente que honre el nombre del país, como lo hicieron estos muchachos desde el otro lado del mundo, así como también lo hacen -pero de una manera muy dolorosa- los jóvenes en esta batalla diaria.

 

De verdad es difícil explicarle a cualquiera que no conozca al venezolano, cómo un estadio se llena de gente esperando a su equipo, mientras a dos cuadras hay bombas y balas.

 

Lo mismo pasa con el humor. A mí particularmente -y a otros humoristas- a veces nos escriben diciendo que cómo es posible que pensemos en shows y espectáculos, mientras nuestros jóvenes pelean en las calles con las consecuencias que todos sabemos. Antes de decirle a todos ellos, que esa es nuestra profesión y que todos tenemos obligaciones, nos damos cuenta de que es muy difícil de explicar que el dolor a veces se mitiga con la risa.

 

Y es que yo soy ejemplo vivo de esto. Todos ustedes saben de lo que fui diagnosticada hace más de un año ya. Esta situación continúa, pero créanme que el humor me ha ayudado en cantidad. Se los explico con anécdotas que me han ocurrido en el hospital y ojalá a ustedes les cause tanta gracia -independientemente de mis circunstancias- como a mi médico y enfermeras. Voy:

 

Mi llegada al hospital, cada vez que me toca, es a las 10:00 am. Inmediatamente la enfermera me toma los datos vitales: temperatura, tensión, peso, etc.. Las preguntas de rigor:

-¿Ha sentido algún dolor?  Mi respuesta: No. (Así lo haya sentido)

-¿Mareos? ¿Fiebre? No… No… No…  (NO los he sentido)

 

Pero ahora es cuando viene lo bueno. Mi médico es de origen asiático y es de los pocos médicos que conozco en EE.UU. para quien el paciente no es un número más. Para él siempre tengo una respuesta que lo haga reír… y siempre lo sorprendo. Me pregunta lo mismo que ya me preguntó la enfermera, mientras me va examinando: ¿Dolor? ¿Fiebre? ¿Mareos? ¿Efectos secundarios al suero? No. No. No, contesto yo.  Cuando ya está anotando todo, le digo:

-Sí tengo un problema serio. En seguida voltea con los ojos grandotes como si no fuera asiático y me pregunta: ¿Cuál? Y yo le respondo muy seria:

-Creo que estoy embarazada… Todos en la habitación ríen.

 

Luego paso a la parte más dura: La infusión (suero). Confieso que aquí es un reto hacer reír a alguien, pero lo intento: Me pregunta el médico que me inyectará: ¿Desea tomar algo antes del procedimiento? Sí. Por favor… Whisky. Risas de todos los presentes.

Otro día… otra visita con las mismas preguntas: ¿Dolor? ¿Fiebre? No, no y no. Entra el médico a la habitación: las mismas preguntas mientras me examina. Luego me pregunta: ¿Está tomando todas las medicinas? Sí -le respondo. Y al final me pregunta: ¿Necesita alguna otra cosa para la casa? Sí -le respondo- y muy urgente. Otra vez los ojos puyúos del médico: ¿Qué necesita para la casa? (Pausa). Respondo: ¡Diez mil dólares, mínimo! ¿Me los puede enviar? Otra vez risas en la habitación…

 

Les escribo todas estas anécdotas, desde el centro de mi situación -que no es nada fácil- para que tengamos fe, como la tengo yo, en que todo va a mejorar. No importa la gravedad o la situación por la que estemos pasando, debemos tener fe. Muestra de ello, es el esfuerzo que hizo nuestra Vinotinto por llevarnos un poco de alegría, para mitigar un poco lo que nos está pasando. Porque cuando perdemos a un joven o a un niño, todos lo perdemos. Cuando vemos los atropellos y los desmanes, todos lo sufrimos.

 

Desde aquí, mi humilde aplauso para esos jóvenes que nos dieron 90 minutos de sosiego, en ese hermoso partido.

 

Deseo para mi Venezuela que esos 90 minutos se conviertan en años y años de prosperidad. Y para eta-que-ta-qui me deseo a mí misma, seguir haciendo reír no solo a mi médico y enfermeras, sino a todos ustedes.

 

Cariños y hasta la próxima….

 

 

 

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